domingo, 20 de junio de 2010

El poeta y su piano. "La flor del vacío", de Alexis Delgado Búrdalo


Cada comienzo
se halla siempre a mitad
de algún camino




La flor del vacío y sus brevísimos poemas, delicados, en los que el autor se desnuda (con más ternura que erotismo, que nadie espere escenas subidas de tono). El caso es que consigue transmitir la fragilidad de la flor y el ritmo del músico. Y también hay algo del hijo del catador de vinos, en ese tiempo encapsulado en una uva.

Al leer este libro no hay que olvidar que su autor, Alexis Delgado Búrdalo, es pianista. Porque como música van envolviendo al lector las reiteraciones de palabras sencillas (y de grandes palabras) a lo largo de todo el poemario, componiendo variaciones sobre un mismo tema. O, más bien, escribe con palabras un contrapunto musical, entrelazando simultánemente varias líneas melódicas que explotan formando fuegos artificiales al final de Punctum contra punctum:

eclipse mundo muro recuerdo
beso perfume silencio aliento
olvido amanecer canto vuelo
abrazo herida pájaro pecho
ardor estrella ojo fermento
concha noche deseo secreto


Tampoco hay que perder de vista la importancia que da a la palabra “silencio”, ni el uso musical que hace del mismo, de la elipsis, del paréntesis; la voz que remite a sí misma su vocación de silencio. Se van encontrando pequeñas joyas ocultas a lo largo de los poemas, casi escondidas.

El tiempo es una herida.
(La eternidad
está sangrando).


Y, mientras, el silencio se llena de flores, que van transmitiendo quietud ya mucho antes de llegar a los haikus, ya desde la portada (una preciosidad, todo hay que decirlo). Impregna al lector de una calma oriental ya desde el título (referencia a una historia de Siddharta explicada en el prólogo). Y poco a poco, a través de reiteraciones y arriesgados usos del lugar común, Alexis consigue envolvernos con su poesía. La sencillez queda relegada a la apariencia y demuestra, una vez más, que es la forma de la profundidad.

La casa está vacía,
unos zapatos
junto a la entrada,
un periódico abierto
sobre el sofá,
una manzana,
es lo que queda
del hombre que se ha muerto.
Esa es su casa.

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